Acaba el año hidrológico 2021-2022, caracterizado por ser uno de los más secos desde hace medio siglo y con el verano más caluroso  desde, al menos, 1961 y, con él, también acaba parte del bombardeo de noticias sobre el ‘problema de la sequía’ de los últimos meses con el telón de fondo de los siempre mediáticos embalses, en sus orillas descarnadas y en sus pueblos e iglesias emergidos. Es necesario reflexionar y recordar que esas imágenes no son solo reflejo de las escasas precipitaciones, sino que muestran el otro elemento de la ecuación: los consumos, en gran medida excesivos.

A pesar de los consumos, sigue construyéndose en la percepción social sobre la gestión del agua el dogma de que las sequías son algo excepcional, y que por ello es suficiente con tomar medidas excepcionales, como la cesión de derechos concesionales o la explotación de pozos de sequía, para hacerles frente. Sin embargo, la última sequía tan solo se limita a recordarnos que nuestra planificación hidrológica sigue sin adaptarse a la realidad climática, y que las decisiones que se toman para hacerles frente, no serán soluciones a largo plazo.

La verdadera joya de los recursos hídricos del España, las masas de agua subterráneas, están en un estado preocupante.

Por ello, antes de exponer ciertas soluciones, debe ponerse sobre la mesa la gran realidad que eludimos afrontar: no hay agua para tanto consumo, y lo que es aún peor: no hay agua para tanta expectativa.

Han pasado veintidós años desde que se publicara la DMA y dos versiones de planes hidrológicos por cada cuenca, con la tercera versión ya cerrada. A pesar de ello, nos encontramos a las puertas del 2023 con un problema de extrema gravedad para la sociedad española, en donde la sobreexplotación de los recursos hídricos, básicamente (más del 80% del recurso) destinados a regadíos- económica y ambientalmente insostenibles en muchos casos, impide alcanzar el buen estado de muchas masas de agua.

La verdadera joya de los recursos hídricos del España, las masas de agua subterráneas, están en un estado preocupante, aproximadamente la mitad de las aguas subterráneas del Estado español están en mal estado ecológico, tanto por sobreexplotación como por contaminación. De la misma manera, 4 de cada 10 ríos, lagos, aguas de transición y costeras se encuentra en mal estado.

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Doñana a vista de satélite, en marzo de 2021 y 2022, con el visible impacto de la sequía en las marismas ©European Union, Copernicus Sentinel-2 imagery

El buen estado ecológico de las masas de agua, es un objetivo fundamental no sólo por obligación normativa, sino por ser la única salida que asegura la protección de la salud humana, el suministro, los ecosistemas naturales y la biodiversidad y sus servicios, y la propia producción de alimentos, todo en su conjunto.

La realidad sobre el problema radica en varias cuestiones fundamentales, entre ellas:

  • La planificación hidrológica ordinaria (planes de cuenca) no se ha adaptado a la realidad climática del territorio (deja la gestión de las sequías, una normalidad climática de nuestro país, como si fuesen episodios excepcionales e imprevisibles).
  • tampoco asume, de forma real, el cambio climático (reducción y mitigación), ya que no se activan medidas que aseguren la sostenibilidad a largo plazo tendiendo en cuenta los efectos del cambio climático.
  • Los mecanismo para identificar las sequías no siempre permiten diferenciar entre una sequía meteorológica y una escasez derivada de una inadecuada gestión.
  • La percepción aún mayoritaria del agua como mero recurso para un modelo económico de visión cortoplacista (conlleva que las únicas medidas se basen en el tradicional incremento de la demanda).